Pensamiento y actualidad
Seis años después, una gestión exitosa, y una fórmula que se repite
Seis años después, una gestión exitosa, y una fórmula que se repite
Era inédito que un presidente asumiera en el Congreso de la Nación ante el pleno de los diputados y senadores, pero más inédita era la crisis que afrontaba la Argentina. Cuarenta y ocho años de dependencia del FMI habían condicionado cualquier gobernabilidad. Y Néstor Kirchner dijo, apenas empezó un discurso que arrancó puntualmente a las 3 de la tarde, tal como estaba anunciado: "No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos. La inviabilidad de ese viejo modelo puede ser advertida hasta por los propios acreedores, que tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien". Para algunos, podía tratarse de una frase más de un político que se encontraba a los pies de la Casa Rosada. Pero hasta los incrédulos, pasados seis años, deberían reflexionar sobre los compromisos adquiridos en aquel día en el que señaló, como prioridades "reinstalar la movilidad social ascendente, recuperar el protagonismo del Estado, promover una lucha decidida contra la corrupción y garantizar que la seguridad jurídica alcance no sólo a los ricos y a los poderosos".
Lo escuchaban con atención su compañero de fórmula, Daniel Scioli, y su esposa, la entonces senadora Cristina Fernández y el único ex presidente que aceptó la invitación a la jura, Raúl Alfonsín.
Los fotógrafos buscaban, quizá más que al flamante presidente, al líder cubano Fidel Castro, que terminó la jornada con un discurso más largo que el de 48 minutos de Kirchner en el Congreso. Castro habló, en las escalinatas de la Facultad de Derecho, sobre la educación y la salud, sobre el futuro de la humanidad, en un escenario que se presentaba adverso: George Bush había iniciado la cruzada en Irak, prometiendo terminar con Sadam Husein y las encuestas mostraban a una sociedad norteamericana fervorosa de esa campaña imperial sustentada en mentiras.
El santacruceño prometió, al final del acto, que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno. Y recordó que, justo tres décadas atrás, había estado en la Plaza de Mayo para festejar la asunción del presidente Héctor J. Cámpora. Quizá eso le daba fuerza, pero también era un capítulo de la historia argentina sorprendente. Cámpora no había obtenido el 22 por ciento de los votos como Kirchner sino el 49,6 y tenía atrás a un pueblo movilizado. Su mandato se interrumpió a los 49 días para darle paso a las elecciones que permitieran a Juan Perón presentarse a las urnas pero en medio de luchas internas del peronismo en las que la izquierda peronista –en la que militaba Kirchner– perdió muchos puntos.
En 1973 las presiones no habían sido pocas y, en aquel otoño de hace seis años, a Kirchner no le faltaban acechanzas. Apenas horas antes de asumir, recibió una carta del director gerente del FMI, Horst Kholer, hecha pública por los medios, que era el plan de gobierno que el establishment local y sus socios externos querían. Los jefes militares lo miraban con rostros duros, porque ya les había advertido que cambiarían todos los mandos. "Llegamos sin rencores pero con memoria", advirtió, y contaba con la compañía de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y no con grupos armados para hacer frente a cualquier desborde de la derecha militar tal como habían hecho los carapintadas en otras ocasiones. A la Corte Suprema debía enfrentarla con las reglas constitucionales; es decir, recurriendo al Juicio Político con un Congreso que le era remiso. Kirchner fue objeto de una operación tremenda, quizá más peligrosa que un alzamiento carapintada: la voluntad de la Corte de emitir fallos sobre la dolarización y el corralito que podían dinamitar cualquier plan de gobierno que no tuviera como premisa retroceder en la audaz decisión de terminar con un máximo tribunal de Justicia que fue la pieza institucional clave de la fachada democrática del neoliberalismo en la Argentina.
LA CLASE MEDIA. Kirchner, con un programa económico que no prometía cambios espectaculares, logró encauzar el país. Pero, además, pudo hacerlo con tres políticas que dignificaron a la militancia: extendió los programas sociales y les dio un rol protagónico a las organizaciones sociales piqueteras, no reprimió la protesta social y, algo muy poco rescatado, no judicializó los conflictos, que tenía a delegados gremiales y a activistas sociales de juzgado en juzgado y siempre con la espada de Damocles en la cabeza.
El clima del país fue cambiando, pero al compás de logros políticos y económicos, pese a lo cual un núcleo duro de conflictos históricos dejaba a buena parte de la clase media fuera del kirchnerismo y la transversalidad que entonces pregonaba. Con el tiempo, como el Presidente no buscaba la confrontación peronismo-antiperonismo, las cosas fueron cambiando. Sólo la simpatía expresa de una parte de los sectores medios hizo posible que la segunda mitad de su gobierno tuviera mucha más receptividad que la primera. No era sólo el fundamental avance de la producción y la lenta redistribución de la renta, sino una manera, un estilo de hacer política y de gestionar la cosa pública la que ganaban espacio.
Así se explica que la gran convocatoria de Blumberg, que pretendía hacer de la seguridad un eje aglutinante de las clases medias, se fuera diluyendo de a poco y que condenara al falso ingeniero a una soledad casi inexplicable en estas elecciones. Pero también puede servir para repensar qué pasó en el conflicto originado por las entidades agropecuarias en marzo de 2008, cuando Kirchner ya no era presidente pero parecía dispuesto a una pelea frontal, sin reparar en el costo político que podía traer al gobierno de Cristina Fernández y que, de hecho, le trajo. Porque, basta en reparar cómo cambió el humor social con los empresarios agropecuarios desde que la Presidenta fue, sorpresivamente, a una reunión donde estaban los dirigentes de la Mesa de Enlace con dos ministros de su gabinete. La distensión ayudó. Y no significó resignación. El conflicto con estos sectores debe haber sido el costo político más alto de estos seis años. Hace un año, basta recordarlo, se vanagloriaban de juntar 300.000 personas en Rosario, y el juego de los periodistas no era desgranar propuestas sino contar cuántos había juntado la Presidenta en Salta en ese mismo día. Ahora, en cambio, los provocadores rurales –no sólo los ejecutores sino el mismísimo Hugo Biolcatti, quien desde la presidencia de la Sociedad Rural acicatea los ataques– apenas pueden ir en grupos de decenas a boicotear actos de campaña o a agredir cobardemente a un militante kirchnerista como Agustín Rossi.
Seis años poblados de experiencias, poblados de un entusiasmo que permitió los cambios y con un futuro que, de momento, no está del todo claro en cuanto a quiénes serán las fuerzas políticas premiadas por el electorado. Podrá, como dicen las encuestas de los últimos días, Kircher volver a contar con un caudal de simpatías que lo revaliden como le hombre político más importante de los últimos años. O quizá no. Como nunca, los intereses corporativos de los sectores económicamente más poderosos, están muy activos. No tienen un eje, en todo caso, los ataques son zigzagueantes y oportunistas, pero muestran una gran capacidad de hacer daño. Ahora, estancadas las protestas por la inseguridad y porque el campo somos todos, los garúes políticos de la derecha tienen dos caballitos de batalla que muestran la incongruencia que tienen: por un lado, sobran las páginas dedicadas a vaticinar cómo el programa de Tinelli, Gran Cuñado, le restará votos al oficialismo; por el otro, pretenden asustar con que, si le va bien, lo que se viene es más o menos la colectivización forzosa. La mala noticia, tal como lo revela un estudio del sociólogo Carlos Fara, es que seis de cada diez argentinos quieren la intervención del Estado en la economía y que siete de cada diez apoyan la reestatización de los servicios esenciales.
No es cierto que la sociedad esté harta de este rumbo. En todo caso, ahora la oposición, aun desunida, cuenta con una maquinaria propagandística mayor y confía con que buena parte de la clase media actúe por enojo, por intolerancia. Lo resume muy bien un título de tapa de La Nación de ayer: "El 25 de mayo de 1810 había preocupaciones por la seguridad y por el aumento de precios". Un título que bien podría haber hecho Barcelona para hacer reír a los lectores, pero lo hizo el diario que fundó Bartolomé Mitre.
Lo escuchaban con atención su compañero de fórmula, Daniel Scioli, y su esposa, la entonces senadora Cristina Fernández y el único ex presidente que aceptó la invitación a la jura, Raúl Alfonsín.
Los fotógrafos buscaban, quizá más que al flamante presidente, al líder cubano Fidel Castro, que terminó la jornada con un discurso más largo que el de 48 minutos de Kirchner en el Congreso. Castro habló, en las escalinatas de la Facultad de Derecho, sobre la educación y la salud, sobre el futuro de la humanidad, en un escenario que se presentaba adverso: George Bush había iniciado la cruzada en Irak, prometiendo terminar con Sadam Husein y las encuestas mostraban a una sociedad norteamericana fervorosa de esa campaña imperial sustentada en mentiras.
El santacruceño prometió, al final del acto, que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno. Y recordó que, justo tres décadas atrás, había estado en la Plaza de Mayo para festejar la asunción del presidente Héctor J. Cámpora. Quizá eso le daba fuerza, pero también era un capítulo de la historia argentina sorprendente. Cámpora no había obtenido el 22 por ciento de los votos como Kirchner sino el 49,6 y tenía atrás a un pueblo movilizado. Su mandato se interrumpió a los 49 días para darle paso a las elecciones que permitieran a Juan Perón presentarse a las urnas pero en medio de luchas internas del peronismo en las que la izquierda peronista –en la que militaba Kirchner– perdió muchos puntos.
En 1973 las presiones no habían sido pocas y, en aquel otoño de hace seis años, a Kirchner no le faltaban acechanzas. Apenas horas antes de asumir, recibió una carta del director gerente del FMI, Horst Kholer, hecha pública por los medios, que era el plan de gobierno que el establishment local y sus socios externos querían. Los jefes militares lo miraban con rostros duros, porque ya les había advertido que cambiarían todos los mandos. "Llegamos sin rencores pero con memoria", advirtió, y contaba con la compañía de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y no con grupos armados para hacer frente a cualquier desborde de la derecha militar tal como habían hecho los carapintadas en otras ocasiones. A la Corte Suprema debía enfrentarla con las reglas constitucionales; es decir, recurriendo al Juicio Político con un Congreso que le era remiso. Kirchner fue objeto de una operación tremenda, quizá más peligrosa que un alzamiento carapintada: la voluntad de la Corte de emitir fallos sobre la dolarización y el corralito que podían dinamitar cualquier plan de gobierno que no tuviera como premisa retroceder en la audaz decisión de terminar con un máximo tribunal de Justicia que fue la pieza institucional clave de la fachada democrática del neoliberalismo en la Argentina.
LA CLASE MEDIA. Kirchner, con un programa económico que no prometía cambios espectaculares, logró encauzar el país. Pero, además, pudo hacerlo con tres políticas que dignificaron a la militancia: extendió los programas sociales y les dio un rol protagónico a las organizaciones sociales piqueteras, no reprimió la protesta social y, algo muy poco rescatado, no judicializó los conflictos, que tenía a delegados gremiales y a activistas sociales de juzgado en juzgado y siempre con la espada de Damocles en la cabeza.
El clima del país fue cambiando, pero al compás de logros políticos y económicos, pese a lo cual un núcleo duro de conflictos históricos dejaba a buena parte de la clase media fuera del kirchnerismo y la transversalidad que entonces pregonaba. Con el tiempo, como el Presidente no buscaba la confrontación peronismo-antiperonismo, las cosas fueron cambiando. Sólo la simpatía expresa de una parte de los sectores medios hizo posible que la segunda mitad de su gobierno tuviera mucha más receptividad que la primera. No era sólo el fundamental avance de la producción y la lenta redistribución de la renta, sino una manera, un estilo de hacer política y de gestionar la cosa pública la que ganaban espacio.
Así se explica que la gran convocatoria de Blumberg, que pretendía hacer de la seguridad un eje aglutinante de las clases medias, se fuera diluyendo de a poco y que condenara al falso ingeniero a una soledad casi inexplicable en estas elecciones. Pero también puede servir para repensar qué pasó en el conflicto originado por las entidades agropecuarias en marzo de 2008, cuando Kirchner ya no era presidente pero parecía dispuesto a una pelea frontal, sin reparar en el costo político que podía traer al gobierno de Cristina Fernández y que, de hecho, le trajo. Porque, basta en reparar cómo cambió el humor social con los empresarios agropecuarios desde que la Presidenta fue, sorpresivamente, a una reunión donde estaban los dirigentes de la Mesa de Enlace con dos ministros de su gabinete. La distensión ayudó. Y no significó resignación. El conflicto con estos sectores debe haber sido el costo político más alto de estos seis años. Hace un año, basta recordarlo, se vanagloriaban de juntar 300.000 personas en Rosario, y el juego de los periodistas no era desgranar propuestas sino contar cuántos había juntado la Presidenta en Salta en ese mismo día. Ahora, en cambio, los provocadores rurales –no sólo los ejecutores sino el mismísimo Hugo Biolcatti, quien desde la presidencia de la Sociedad Rural acicatea los ataques– apenas pueden ir en grupos de decenas a boicotear actos de campaña o a agredir cobardemente a un militante kirchnerista como Agustín Rossi.
Seis años poblados de experiencias, poblados de un entusiasmo que permitió los cambios y con un futuro que, de momento, no está del todo claro en cuanto a quiénes serán las fuerzas políticas premiadas por el electorado. Podrá, como dicen las encuestas de los últimos días, Kircher volver a contar con un caudal de simpatías que lo revaliden como le hombre político más importante de los últimos años. O quizá no. Como nunca, los intereses corporativos de los sectores económicamente más poderosos, están muy activos. No tienen un eje, en todo caso, los ataques son zigzagueantes y oportunistas, pero muestran una gran capacidad de hacer daño. Ahora, estancadas las protestas por la inseguridad y porque el campo somos todos, los garúes políticos de la derecha tienen dos caballitos de batalla que muestran la incongruencia que tienen: por un lado, sobran las páginas dedicadas a vaticinar cómo el programa de Tinelli, Gran Cuñado, le restará votos al oficialismo; por el otro, pretenden asustar con que, si le va bien, lo que se viene es más o menos la colectivización forzosa. La mala noticia, tal como lo revela un estudio del sociólogo Carlos Fara, es que seis de cada diez argentinos quieren la intervención del Estado en la economía y que siete de cada diez apoyan la reestatización de los servicios esenciales.
No es cierto que la sociedad esté harta de este rumbo. En todo caso, ahora la oposición, aun desunida, cuenta con una maquinaria propagandística mayor y confía con que buena parte de la clase media actúe por enojo, por intolerancia. Lo resume muy bien un título de tapa de La Nación de ayer: "El 25 de mayo de 1810 había preocupaciones por la seguridad y por el aumento de precios". Un título que bien podría haber hecho Barcelona para hacer reír a los lectores, pero lo hizo el diario que fundó Bartolomé Mitre.
POR EDUARDO ANGUITA
(Buenos Aires Económico)
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